viernes, 31 de enero de 2014

Adaptándome a LA, GOOD JOB!

¡Una semana! Ya ha pasado una semana desde que llegué a esta ciudad. Me gustaría plasmar cada momento, describir cada lugar, contar cada experiencia, pero han sido tantas cosas, que me conformo con poder compartir un poquito de todo lo que he vivido hasta ahora.

Dicen que las primeras impresiones a veces engañan. Yo no pude evitar sentirme como en casa al entrar aquí. Desde el principio supe que se convertiría en mi pequeño rinconcito para desconectar. Esas almohadas con mis iniciales, la cajita de bombones... No podían haber elegido mejor.




Y este es mi nuevo barrio. Cada calle, cada esquina tiene su encanto, pero me sorprende ver que las verjas se dejan abiertas, y que la puerta de atrás solo tiene un pequeño pestillo. Siempre me he preguntado si lo que veía era cierto, y sí, realmente la puerta de la cocina es tal cual la vemos en las pelis. Pero siéntete seguro, nadie va a entrar.


Sabía que sería una de mis debilidades. Dos calles más arriba descubrí este centro comercial ("mall" para ir habituándome), y no pude evitarlo, ¡a los dos días fui a visitar al Gran Amancio!


Y por si alguien estaba preocupado, me alimento bien. En esta casa el aceite de oliva es un tesoro muy preciado, así que los desayunos mediterráneos siguen siendo lo mejor del día. Nada mejor para empezar con fuerzas. Pero aún me queda mucho por probar y saborear, y como ellos son grandes amantes de "lo nuevo", al tercer día decidí que era el momento de hacer una tortilla española. A todo el mundo le encantó, así que repetiremos muy pronto.


El momento más temido llegó. Ya me habían avisado de que conducir en Los Angeles era algo así como meterte en la jungla con los ojos vendados. Ahora puedo decir que sí, que he sufrido la poca paciencia que aquí tienen con los novatos, y estos cruces en los que, o te andas con ojo, o te dan por todos lados. Sigo pensando que deberían existir las rotondas. Y la verdad es que no es complicado conducir aquí. Te subes a un coche que lo hace todo por ti, te adapta tu asiento, te enciende las luces, te abre el garaje, lo único que tienes que hacer es acelerar y frenar. Una vez que aprendes a girar a la derecha con el semáforo rojo, y que entrar en un cruce o no depende de tu criterio para detectar "lo peligroso de la situación", esto es pan comido.



Pero no todo iba a ser de color de rosa. Llegó el momento de decir ¡OMG, dónde me he metido! Esos momentos de llantos, de decir "no" a todo, de no querer ir a la ducha, de decir "tú no eres mi mami". Pero a pesar de eso, todo me está resultando demasiado fácil. Adaptarse a esta ciudad no es complicado, este finde empiezan las excursiones, y la familia se preocupa por mí cada día. Pero lo que más me choca es este sistema educativo, es demasiado diferente al español. Quizá cuando llegue el momento de irme y haya comparado,  podré verlo desde otra perspectiva. No sé si será mejor o peor, pero es muy, muy diferente. Me cuesta entender que los padres den las "gracias" a los niños por cada cosa que hacen, que digan "GOOD JOB" por ponerse el pijama, terminar el desayuno, ir a la cama, hacer los deberes..."Oh thanks, good job!" Debe ser un buen sistema, si no, no lo harían. Y claro, yo también tengo mi "GOOD JOB" cada vez que llego sana y salva a casa después de recoger a las peques del cole. No lo puedo evitar,  me sigue resultando muy gracioso escuchar esas dos palabras a cada instante. Sin duda alguna, se ha convertido en la frase estrella de esta aventura.

Pero después de todo, cuando llega el final del día y entro en mi habitación, me siento feliz, disfruto de cada momento, de cada cosa que aprendo y que descubro. Lo malo no es tan malo, y lo bueno cada vez sabe mejor, los llantos de las peques no son eternos, y al final, las risas terminan borrándolos. Así que hasta ahora, solo puedo decir, ¡GOOD JOB!

THANKS :)



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